En la última década, la migración de haitianos a Chile aumentó fuertemente.

Haitianos caminan por el centro de la capital chilena, Santiago.

Haitianos se enfrentan a agentes fronterizos.

Muchos haitianos han tenido dificultad para regularizar su situación migratoria.

Con el objetivo de ordenar la casa, el presidente Sebastián Piñera promulgó una nueva ley de migraciones que comenzó a regir en Chile el 20 de abril pasado.

Dos grandes terremotos, varios huracanes, inestabilidad política y económica, violencia en las calles y hasta el reciente asesinato del presidente Jovenal Moïse han obstaculizado cualquier proyecto de desarrollo en Haití.

Miles de migrantes haitianos están varados en un precario e improvisado campamento bajo un puente que conecta la ciudad de Del Río, en Texas, con Ciudad Acuña, en México.

En la última década, la migración de haitianos a Chile aumentó fuertemente.


Necesito escapar de Chile. Eso es lo único que me importa.

Es mediodía del viernes 17 de septiembre. Faltan pocas horas para que Pierre Cenatus tome el autobús que lo llevará desde la ciudad de Santiago a Iquique, al norte de Chile.

Desde allí, pretende trasladarse hasta la frontera con Perú y salir ilegalmente.

¿Su destino final? No lo sabe. Pero idealmente Estados Unidos o cualquier otro país donde pueda obtener un permiso de residencia.

El haitiano de 28 años lleva sus últimos 7 viviendo en Chile. Llegó en 2014, huyendo de su natal Haití, sumida en una profunda crisis tras el terremoto de 2010, y buscando un sueño: conseguir trabajo, justicia y un hogar donde formar una familia.

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El mismo sueño lo compartían miles de otros haitianos que por esos años hicieron lo mismo y que fueron parte de la fuerte ola migratoria que llegó a este país sudamericano.

Solo desde 2010 hasta 2017, el ingreso de haitianos a Chile aumentó de apenas 988 personas al año a 110.166, según cifras recopiladas por el Servicio Jesuita de Migrantes (SJM) con información de la Policía de Investigaciones (PDI).

Haitianos caminan por el centro de la capital chilena, Santiago.

La presencia de los caribeños le cambió el look a las ciudades chilenas más importantes, donde -para extrañeza de muchos- se podía ver gente negra (y hablando otro idioma) caminando por sus calles.

Pierre Cenatus consiguió trabajo en la construcción. Para ganar algunos pesos extras, también se dedicaba a vender dulces en la noche en el comercio ambulante. En total, lograba juntar unos 400.000 pesos mensuales (US$510).

Y, aunque al comienzo la situación pintaba para bien, el sueño chileno comenzó a derrumbarse de a poco hasta que en 2018 no logró renovar su permiso de residencia. Esto, sumado a la pandemia y a las escasas opciones laborales, hicieron que su situación se volviera insostenible.

Y hoy está dispuesto a todo con tal de salir de allí.

Así, con un grupo de 24 haitianos (y 2.150 dólares en el bolsillo) emprendió un viaje lleno de incertidumbres.

Necesito cambiar, buscar un futuro mejor, un lugar más seguro. Quiero trabajar, casarme y tener hijos pero acá no tengo seguridad, agrega.

Así como Pierre Cenatus fue uno más de los miles de haitianos que llegaron a Chile en la última década, hoy tampoco es el único que quiere salir de esta nación.

Es, de hecho, parte de una tendencia que viene dándose desde 2019, cuando por primera vez desde 2010 se registraron más salidas de haitianos que entradas: 10.478 versus 7.515.

Desde entonces, y hasta la fecha, la situación no ha cambiado. De acuerdo con el gobierno de Chile, en lo que va de este año, ya han salido más de 3.500 haitianos.

Algunas organizaciones de ayuda de migrantes dicen que esas cifras incluso pueden estar subvaloradas pues no tienen en cuenta a quienes salen por pasos irregulares. Algo que, debido al cierre de fronteras por la pandemia de coronavirus (y a que muchos tienen una situación migratoria irregular), ha aumentado considerablemente.

Pero ¿qué lleva a los haitianos a tomar la decisión de abandonar Chile y emprender un viaje que muchas veces es costoso, agotador y, por si fuera poco, peligroso?

En los últimos días se han visto dramáticas imágenes de unos 13 mil migrantes haitianos varados en un precario e improvisado campamento bajo un puente que conecta la ciudad de Del Río, en Texas, con Ciudad Acuña, en México.

A la espera de que sus peticiones sean procesadas por las autoridades estadounidenses, muchos han terminado sufriendo persecuciones de la Patrulla Fronteriza.

Pero para sorpresa de muchos, la mayoría de estos ciudadanos no viene directamente de Haití, sino de Chile y Brasil. Así lo confirmó este miércoles el canciller mexicano Marcelo Ebrard.

Y es que la falta de oportunidades, sumado a los problemas para conseguir un estatus legal en estos países latinoamericanos, han generado que los haitianos vuelvan a mirar a Estados Unidos como un lugar de oportunidades.

Haitianos se enfrentan a agentes fronterizos.

Aún más: con el cambio de gobierno de Donald Trump a Joe Biden -y, con ello, la flexibilización de sus políticas migratorias- muchos ciudadanos caribeños han decidido emprender largos viajes desde estos países hasta EE.UU.

Por su parte, la directora de la organización Servicio Jesuita a Migrantes (que ha trabajado de cerca con los haitianos en Chile durante estos últimos años), Waleska Ureta, afirma que la migración a Estados Unidos tiene un arraigo cultural.

Y ahora con Biden se cree que se abre una nueva posibilidad de trabajo, de poder ir a hacer vida a ese país donde históricamente ha sido un referente, con grandes colonias de haitianos, agrega.

Pero más allá del sueño americano, lo cierto es que los haitianos enfrentan dificultades importantes en Chile que también los lleva a querer salir de ahí.

Muchos haitianos han tenido dificultad para regularizar su situación migratoria.

Uno de ellos (quizás el más importante) es la dificultad para regularizar su situación migratoria.

Con el objetivo de ordenar la casa, el presidente Sebastián Piñera promulgó una nueva ley de migraciones que comenzó a regir en Chile el 20 de abril pasado.

Entre otras cosas, bajo esta legislación se les permite regularizar sus papeles a quienes ingresaron por un paso habilitado antes del 18 de marzo de 2020, día en que el gobierno Piñera cerró las fronteras por primera vez producto de la pandemia.

Para ello, cuentan con un plazo máximo de 180 días (el que se vence el próximo 17 de octubre). El problema es que entre los requisitos que se piden hay una serie de papeleos que, a juicio de los propios haitianos, son imposibles de adquirir. Por ejemplo, el certificado de antecedentes de Haití.

Yo no tengo cómo conseguir el certificado de antecedentes de Haití porque no estoy allá entonces es imposible. Llevo 7 años acá y no entiendo por qué me piden esos papeles si no he vuelto a Haití… No hay una voluntad de ayudarnos. De las 50 personas que trabajaban conmigo, todas se fueron por eso, cuenta Pierre Cenatus.

Tenemos miedo porque pensamos que nos van a querer deportar después del 17 de octubre. Toda la comunidad habla de eso… Así que no vamos a esperar, mejor nos vamos todos antes, agrega.

El no tener los papeles al día genera una serie de adversidades para estas personas.

Si alguien está irregular en Chile no puede acceder a trabajos formales, a arriendos formales, lo que abre un abanico de abusos, dice Waleska Ureta.

Con el objetivo de ordenar la casa, el presidente Sebastián Piñera promulgó una nueva ley de migraciones que comenzó a regir en Chile el 20 de abril pasado.

La misma opinión tiene William Perre, vocero de la comunidad haitiana en Chile.

A esto se suma que en 2018 Chile decidió establecer un visto consular a todos los haitianos que quisieran ingresar al país.

Pero debido a la precaria situación de Haití, con una inestabilidad política y económica que solo ha ido en aumento, la migración no se frenó completamente y muchos decidieron continuar yendo a Chile de manera irregular y sin posibilidad de restablecer su situación migratoria.

El subsecretario Galli, sin embargo, asegura que miles de haitianos han podido acceder efectivamente a permisos de residencia.

Nosotros hemos llevado a cabo dos procesos de regularización extraordinaria. A fines del 2020, de los más de 180 mil ciudadanos haitianos, que representaban un 13% de la población migrante de nuestro país, casi 70 mil residen en Chile con permanencia definitiva, es decir, están de forma regular, dice.

No creo que el origen de las dificultades esté ahí, agrega.

No obstante lo anterior, Galli advierte que quienes no pueden cumplir la ley porque no cumplen con los requisitos, como que no tengan sus antecedentes penales, naturalmente no han podido ni podrán regularizarse.

Y si no pueden regularizar su situación, van a tener que salir de Chile, añade.

Otro de los factores importantes que ha determinado la salida de los haitianos de Chile tiene que ver con la inclusión.

Debido a la barrera idiomática y cultural, entre otras cosas, esta comunidad ha enfrentado graves problemas a la hora de incorporarse a la vida de los chilenos.

Dos grandes terremotos, varios huracanes, inestabilidad política y económica, violencia en las calles y hasta el reciente asesinato del presidente Jovenal Moïse han obstaculizado cualquier proyecto de desarrollo en Haití.

Según nuestra data y los testimonios de personas que atendemos, creemos que hay una fallida inclusión social de las personas haitianas en Chile. Y esto tiene que ver en parte con el racismo, con la discriminación. Hay discriminación laboral e institucional, dice Waleska Ureta.

No hay una comprensión de la cultura haitiana en términos de la crianza, de sus prácticas culturales y eso va mermando su inclusión en el sistema, agrega.

El haitiano residente en Chile, Djimy Delice, coincide con Ureta.

Delice es coordinador de la comunidad haitiana en la quinta región y conoce de primera mano a muchos de sus compatriotas que han decidido salir del país.

El haitiano en Chile es un sujeto indeseado. Y eso se puede ver en lo grueso de la política pública… porque se piensa en el haitiano como una carga, dice.

Para el sociólogo y experto en migraciones, Luis Eduardo Thayer, la fallida inclusión les afecta principalmente en la incapacidad de conseguir trabajo.

No obstante lo anterior, es importante tener en cuenta que en Chile también se han establecido importantes y extensos programas de ayudas para con esta comunidad.

En algunos municipios, por ejemplo, se imparten clases de español de forma gratuita para ellos.

La chilena Pía Montenegroles enseñó a los haitianos español durante casi un año y estuvo vinculada a organizaciones de ayuda.

A ellos les cuesta más que a cualquier otro grupo migratorio al no manejar el idioma. Entonces en organismos como el Registro Civil o el Departamento de Extranjería y Migración contrataron personas que hablaban creole para guiarlos en la tramitación de sus papeles, explica.

Altas expectativas y pandemia

Para Pía Montenegro otro de los grandes problemas tiene que ver con las altas expectativas con las que los haitianos llegaron a Chile.

Es lo mismo que le pasa a la gente del sueño americano, que creen que su vida va a cambiar pero resulta que tienen que trabajar el doble, limpiar pisos, hacer el trabajo duro para quizás salir adelante en unos años más, dice.

Ellos pensaban que iban a llegar acá y que se iban a volver millonarios. Pero incluso así, con todos los problemas, muchos me decían que estaban mejor acá que allá (en Haití), agrega.

Miles de migrantes haitianos están varados en un precario e improvisado campamento bajo un puente que conecta la ciudad de Del Río, en Texas, con Ciudad Acuña, en México.

Esas altas expectativas se complicaron aún más después del estallido social de octubre de 2019 en Chile y con la pandemia de coronavirus.

Las principales fuentes de empleo disponibles para estos ciudadanos, algunas de ellas informales, se acabaron, dice el subsecretario Galli.

Pierre Cenatus vivió esta dificultad en carne propia.

Nunca más pude salir a la calle a vender. Fue muy difícil… otros compañeros me ayudaron con comida porque como no tenía documentos, no pude tener ayuda social, dice.

Tras una semana viajando, Pierre Cenatus ya está en Colombia.

Pronto se adentrará en el peligroso tapón de Darién, la selva fronteriza de 575.000 hectáreas entre Colombia y Panamá que muchos migrantes atraviesan bajo la extorsión de coyotes y grupos paramilitares que controlan la zona.

Dice que no sabe si podrá seguir respondiendo mis mensajes. Que es probable que le roben su teléfono.

Cuando me despido, se le quiebra la voz.

No tengo miedo, me dice entonces, con evidente angustia.

Volver a Chile o Haití son infiernos para mí. Prefiero morir en el camino.

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